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Por el Dr. Gabriel Monzón (*).  Cumpliéndose por estas horas la jornada número 214 desde la asunción de Alberto Fernández como Presidente, se hace...
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Por el Dr. Gabriel Monzón (*). 

Cumpliéndose por estas horas la jornada número 214 desde la asunción de Alberto Fernández como Presidente, se hace necesario tratar de generar un balance de lo acontecido.

Recibida una “pesada herencia” en materia económica y social por parte del macrismo, con una deuda externa récord y sin que se haya traducido en obras públicas o en política de bienestar de algún tipo, Alberto Fernández empezó a delinear lo que iban a ser sus acciones de gobierno para revertir una situación delicada.

No podemos dejar de lado dos factores fundamentales en estos 214 días para efectuar el análisis: la primera es el avance de gobiernos que responden a poderes económicos en la región y que provocaron revueltas importantes en las sociedades.

Hasta vimos algún golpe de Estado en uno de los pocos gobiernos que desafiaban a ese poder y que torna ilegitima su procedencia. Tan ilegítima como los candidatos proscriptos con el mecanismo del Lawfare.

La segunda, de características globales, es la pandemia que modificó todo el panorama social, político y económico del planeta.

En este contexto, lo que podemos catalogar como una gestión normal del actual gobierno son solamente tres meses de acción local y casi cuatro meses de gestión afrontando la pandemia mundial del COVID- 19.

Una de las primeras medidas fue tratar de apaciguar el mercado financiero: con una inflación superior al 50% generada por el macrismo y con una caída de la actividad económica superior al 2%, la situación era técnicamente de DEPREFLACIÓN (depresión económica con inflación), siendo este uno de los peores escenarios para la sustentabilidad de la economía que venía siendo lastimada sistemáticamente. Y es preciso aclarar por si fuese necesario, que la economía no es solo las finanzas, o lo que algunos denominan (mal denominan en realidad)  “los mercados”.

La economía atiende las necesidades de la gente más allá del valor del dólar o los bonos. En ese sentido lo primero que se hizo es endurecer el “cepo” para evitar que la fuga de capitales continúe.

Se establecieron nuevamente prioridades para fomentar la producción, se congelaron tarifas de servicios públicos para evitar la sangría del bolsillo de las personas y empresas y se comenzó a trabajar para lograr revertir los déficits en los que estábamos sumergidos.

Se eliminaron los topes paritarios, se volvió a dar gestos de gestión con la reivindicación de organismos del Estado que eran ministerios y habían sido degradados a Secretarías (Ciencia y Tecnología, Cultura y Salud, por ejemplo) y se devolvió una tranquilidad basada en la esperanza.

Esta tranquilidad que provocó el triunfo de Alberto Fernández y Cristina Kirchner fue uno de los motivos por lo que el malestar social previo a la asunción y que ya se manifestaba en otros países de la región no se plasmó en nuestro país, cuando el descontento por la gestión del macrismo había alcanzado niveles que, de no ser por un año electoral, seguramente habría sido mucho más caliente desde la manifestación popular.

Ahora bien, que balance podemos efectuar en estos siete meses?

Podemos decir que esta primera parte de la gestión tuvo muchos anuncios y, si bien bastantes se plasmaron en medidas concretas, algunas solo quedaron en anuncios.

Se lanzo el plan Argentina contra el hambre; se dio un bono de emergencia de 2000 pesos para beneficiarios de la AUH y de 5000 pesos para los jubilados durante dos meses; se determinó la doble indemnización durante 180 días para despidos; se decreto un aumento para los trabajadores privados de  4000 pesos y para los estatales que cobran menos de 60000; se suspendió el cobro de los créditos del ANSES hasta el mes de marzo, momento en que comenzó la pandemia y se volvieron a suspender; se congelaron las tarifas de luz y gas y se determinó la NO suspensión del servicio por falta de pago una vez que comenzó el ASPO; se volvieron a entregar medicamentos gratuitos a los jubilados-, se suspendieron los aumentos del transporte público y los peajes; se relanzó precios cuidados y se establecieron precios máximos; se firmaron compromisos entre gobierno, sindicatos y empresarios y se incorporó a la discusión a los movimientos sociales; se comenzó la renegociación de la deuda externa; se lanzaron líneas de créditos para Pymes y después………. Después llegó el COVID.

Desde la llegada del coronavirus y la, a mi criterio, atinada resolución de comenzar un temprano aislamiento social, se dividen las aguas. Frente a esta situación, podemos entender que toda medida es insuficiente y que, frente a la decisión del Gobierno de plantear “la vida o la economía” algunas puedan sentir que sonó a algo similar a “la bolsa o la vida”.

Y esto sí torna subjetiva cualquier prioridad que desde distintas visiones se puedan tener.

La paralización de la economía es una realidad: a la desastrosa situación económica y social que dejo el macrismo, se agrega este fenómeno global que obliga a barajar y dar de nuevo. Es indudable que la economía es la más perjudicada, pero también es cierto que se comienzan a ver contradicciones: cuando el Presidente inauguró el Sanatorio Antártida de la mano de Moyano y lo elogió como dirigente, desde los sectores opositores llegaron voces de descontento por la reivindicación de la figura del gremialista sobre el que no existe ninguna causa vinculada a la corrupción por más que el imaginario colectivo así lo crea y fueron toleradas.

Ahora cuando el Presidente asiste a la inauguración de una planta de Pampa Energía y elogia a Midlin, lo llama «Marcelo», y lo pone de ejemplo de empresario, a una persona sobre la que sí pesan acusaciones de corrupción, fuga de capitales y es un personero del gobierno de CEOS, cualquier crítica fue rápidamente desmentida y, si alguien criticaba se lo consideraba un “pone-palos-en-la-rueda” y rápidamente se los descalifica. Una doble vara que comenzó a dejar un sabor amargo en sectores que lo votaron y que vieron en esto alguna contradicción.

Luego lo sabido: la negociación por la deuda que no cierra, sectores que en medio de la pandemia comienzan a sentir la imposibilidad de seguir sosteniendo la estructura, suspensión de desalojos y postergación de aumentos de los alquileres que en el caso del comercio y las industrias que están paralizadas es insuficientes, lanzamiento de moratorias impositivas y previsiones y lanzamiento de créditos para pagar salarios a una tasa del 24% que es altísima (no importa cuando se lea esto), el lanzamiento de la ayuda para pagar salarios por parte del Estado que trajo alivio, la decisión de lanzar el IFE que ahora está anunciado su tercer pago y la pandemia que está empecinada en ganar tiempo para que el alivio llegue.

El balance es incierto: no podemos determinar si es exitoso o no. Lo concreto es que el coronavirus se lleva toda la atención y el esfuerzo y Argentina es ejemplo en el mundo por la forma en que encaró la política pública frente a esto: construcción de respiradores y su distribución, centros de aislamiento, un respeto a lo Federal en permanente diálogo con los gobernadores, puesta en funcionamiento de hospitales que fueron abandonados por el macrismo y construcción de nuevos centros de asistencia sanitaria. Y una lucha que se plantea desde el poder económico para reactivar la economía en su totalidad, sin importar los muertos ni el costo social.

Estamos navegando en aguas turbulentas. El balance no es objetivo. Y la grieta se hace cada vez más ancha.

(*) Economista, docente universitario y Secretario Técnico de la Confederación Parlamentaria de las Américas.

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